Cómo mejorar en algo cuando llevas años siendo mediocre (mi historia con el ajedrez)
Yo aprendí a jugar ajedrez cuando tenía 8 o 9 años, guiado por mi abuelo. Un día, simplemente para matar el aburrimiento, decidió enseñarme. A partir de allí jugábamos todas las tardes después de que yo llegaba de la escuela. Lo cierto es que nunca logré ganarle de verdad; quizá alguna vez me dejó ganar para que no perdiera el entusiasmo y siguiera compartiendo esas tardes con él.
Durante muchos años lo único que sabía eran los movimientos reglamentarios de las piezas. Nada más. No podía desarrollar una estrategia, ni reconocer una apertura, ni pensar más allá del paso inmediato. En resumen: era mediocre en el juego, pero aun así lo disfrutaba.
Aun así, como conocía las reglas y siempre había un tablero armado en una mesita de mi casa, terminé convirtiéndome en “el maestro” para mis amigos y familiares. Un maestro muy malo, por cierto, porque después de explicar las reglas básicas a cualquiera, era bastante improbable que pudiera ganarle una partida.
En la escuela pasó exactamente lo mismo: al principio yo estaba “adelantado” porque sabía jugar, pero cuando mis compañeros entendían lo básico, yo volvía a quedar atrás. La verdad es que no me molestaba; el simple hecho de jugar me bastaba.
Mejorar una habilidad es posible
Unos dos meses antes de escribir esto, un compañero de trabajo y yo estábamos aburridos porque no llegaban clientes. De la nada me preguntó:
—¿Sabes jugar ajedrez?
Asentí, y lo que siguió fue una auténtica paliza. No le pude ganar ni una sola partida en toda la tarde. Ese día salí con una mezcla rara de pique, curiosidad y motivación. Me dije: “Está bien, Marlon, hora de dejar de ser malo en esto.” Y así comenzó un proceso de estudio y práctica que, sorprendentemente, ha dado resultados mucho mejores de lo que creí posibles.
Lo primero que hice fue buscar una aplicación para jugar en el celular. Terminé en chess.com, me registré y después de unas pruebas me asignaron un Elo de alrededor de 200, que es… digamos… muy, muy bajo. Pero bueno, había que empezar por algún lado.
Decidí ir por las bases: entender qué son las aperturas y por qué importan, aprender algunos principios estratégicos básicos y analizar partidas sencillas. Entré en un ciclo diario que se volvió familiar:
jugar → perder → estudiar → mejorar → volver a jugar
Repetí ese bucle por lo menos 30 minutos al día. Me suscribí a canales de YouTube, seguí algunas cuentas de Instagram, y poco a poco mi algoritmo se puso de acuerdo conmigo: ya no veía goles legendarios ni memes, sino análisis de partidas, tácticas y comentarios de maestros.
En resumen: por primera vez en mi vida decidí enfocarme de manera consciente en mejorar una actividad en la que llevaba años siendo mediocre.
Y funcionó.
¿Sirve de algo enfocarse?
Más allá del ajedrez, lo que realmente me sorprendió fue descubrir cuánto se puede mejorar cuando se deja de hacer las cosas en automático y uno se propone avanzar de verdad.
No creo que llegue a ser un maestro ni nada parecido, pero me demostré a mí mismo —casi sin querer— lo potente que es poner atención, intención y constancia en algo. Encontré un pequeño modelo que ahora quiero aplicar a otras áreas de mi vida donde siempre he sentido que estoy estancado.
No digo que sea fácil. El tiempo es un recurso escaso, y más en estos tiempos en los que todos vivimos corriendo. Pero si algo aprendí es que mejorar es más alcanzable de lo que parece cuando le dedicamos, aunque sea un poco, de forma regular y con propósito.
Para cerrar
Si llegaste hasta aquí, gracias. Espero que te haya gustado esta pequeña historia sobre cómo pasé de ser un jugador eternamente mediocre a un jugador, al menos, decente.
Y si a ti te ha pasado algo parecido —con el ajedrez o con cualquier otra habilidad— me encantaría leerlo.
Ah, y si te gusta jugar, puedes encontrarme como rodrimarlon en chess.com. Quizás ahí sí pueda ganarte una partida 😉